Bajo el pretexto de prevenir la intemperancia, a los habitantes de una colonia inglesa, y de casi la mitad de los Estados Unidos, se les ha prohibido por ley hacer cualquier tipo de uso de las bebidas fermentadas, excepto con fines médicos: pues la prohibición de su venta es de hecho, tal como pretende ser, la prohibición de su consumo. Y aunque la imposibilidad de aplicar la ley ha provocado su abolición en varios de los Estados que la habían adoptado, incluido aquel del que toma su nombre, sin embargo, se ha iniciado un intento, llevado a cabo con considerable celo por muchos de los autoproclamados filántropos, para hacer campaña a favor de una ley similar en este país. La asociación, o «Alianza» como se hace llamar, que se ha formado con este propósito, ha adquirido cierta notoriedad debido a la publicidad dada a una correspondencia entre su secretario y uno de los muy pocos hombres públicos ingleses que sostienen que las opiniones de un político deben fundarse en principios. La participación de Lord Stanley en esta correspondencia es apta para fortalecer las esperanzas ya depositadas en él por quienes saben cuán raras son, por desgracia, cualidades como las que se manifiestan en algunas de sus apariciones públicas entre quienes figuran en la vida política. El portavoz de la Alianza, que «lamentaría profundamente el reconocimiento de cualquier principio que pudiera tergiversarse para justificar la intolerancia y la persecución», se compromete a señalar la «barrera amplia e infranqueable» que separa tales principios de los de la asociación.
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IV. De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo
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