cuerpo, sino instrucción y formación para su mente, constituye un crimen moral, tanto contra el desafortunado descendiente como contra la sociedad; y que, si el padre no cumple con esta obligación, el Estado debe velar por que se cumpla, a costa del padre en la medida de lo posible.
Una vez admitido el deber de hacer cumplir la educación universal, se acabarían las dificultades sobre lo que el Estado debe enseñar y cómo debe enseñarlo, que ahora convierten el tema en un verdadero campo de batalla para sectas y partidos, haciendo que el tiempo y el trabajo que deberían haberse empleado en educar se desperdicien en disputas sobre la educación. Si el gobierno se decidiera a exigir una buena educación para cada niño, podría ahorrarse la molestia de proporcionarla. Podría dejar que los padres obtuvieran la educación dónde y cómo quisieran, y conformarse con ayudar a pagar las cuotas escolares de la clase más pobre de niños y sufragar los gastos escolares completos de aquellos que no tienen a nadie más que pague por ellos. Las objeciones que con razón se esgrimen contra la educación de Estado no se aplican a la imposición de la educación por parte del Estado, sino a que el Estado asuma la dirección de esa educación, lo cual es algo totalmente distinto. Que toda o una gran parte de la educación del pueblo esté en manos del Estado es algo que desapruebo tanto como cualquiera. Todo lo que se ha dicho sobre la importancia de la individualidad del carácter y la diversidad de opiniones y modos de conducta implica, con la misma indescriptible importancia, la diversidad de la educación. Una educación general de Estado es un mero artificio para moldear a las personas de modo que sean exactamente iguales unas a otras; y como el molde en el que las encierra es el que complace al poder predominante en