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nydus/On LibertyPublic
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II. De la libertad de pensamiento y de discusión

doctrinas e instrucciones, un «corruptor de la juventud». De estos cargos el tribunal, hay todos los motivos para creerlo, lo declaró honestamente culpable, y condenó al hombre que probablemente, de todos los nacidos entonces, había hecho mayores méritos ante la humanidad, a morir ajusticiado como un criminal.

Para pasar de este al único otro ejemplo de iniquidad judicial cuya mención, tras la condena de Sócrates, no constituiría un anticlímax: el acontecimiento que tuvo lugar en el Calvario hace poco más de mil ochocientos años.

El hombre que dejó en la memoria de quienes presenciaron su vida y su trato una impresión tal de su grandeza moral, que dieciocho siglos posteriores le han rendido homenaje como al Todopoderoso en persona, fue condenado a muerte ignominiosamente, ¿como qué? Como blasfemo.

Los hombres no solo se equivocaron respecto a su bienhechor; lo confundieron con el exacto opuesto de lo que era, y lo trataron como a ese prodigio de impiedad que hoy se considera que son ellos mismos por el trato que le dieron.

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