más elevada se cuentan entre las cosas que no están previstas, ni destinadas a estarlo, en las declaraciones registradas del Fundador del cristianismo, y que han sido enteramente descartadas en el sistema ético erigido sobre la base de esas declaraciones por la Iglesia cristiana. Y siendo esto así, considero un gran error persistir en el intento de hallar en la doctrina cristiana esa regla completa para nuestra orientación que su autor pretendía sancionar y hacer cumplir, pero proporcionar solo parcialmente.
Creo también que esta estrecha teoría se está convirtiendo en un grave mal práctico, que merma en gran medida el valor de la formación y la instrucción moral que tantas personas bien intencionadas se esfuerzan ahora por fin en promover.
Mucho temo que, al intentar moldear la mente y los sentimientos según un modelo exclusivamente religioso, y al descartar aquellas normas seculares (que, a falta de un nombre mejor, así pueden llamarse) que hasta ahora coexistieron con la ética cristiana y la complementaron, recibiendo algo de su espíritu e infundiendo en él algo del propio, resultará, y ya está resultando, un tipo de carácter bajo, abyecto y servil que, por más que se someta a lo que considera la Voluntad Suprema, es incapaz de elevarse a la concepción de la Bondad Suprema, o de simpatizar con ella.