Es esencialmente una doctrina de obediencia pasiva; inculca la sumisión a todas las autoridades que se hallen establecidas; a las cuales ciertamente no se les debe obedecer activamente cuando mandan lo que la religión prohíbe, pero a las que no se debe resistir, y mucho menos contra las cuales se debe rebelar, por ningún grado de perjuicio que se nos cause. Y mientras que, en la moralidad de las mejores naciones paganas, el deber hacia el Estado ocupa un lugar incluso desproporcionado, menoscabando la justa libertad del individuo; en la ética puramente cristiana, ese gran departamento del deber apenas es mentado o reconocido. Es en el Corán, no en el Nuevo Testamento, donde leemos la máxima: «Un gobernante que nombra a cualquier hombre para un cargo, cuando hay en sus dominios otro hombre mejor calificado para él, peca contra Dios y contra el Estado». El poco reconocimiento que la idea de obligación hacia el público obtiene en la moralidad moderna proviene de fuentes griegas y romanas,
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II. De la libertad de pensamiento y de discusión
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