Una teoría que sostiene que la verdad puede ser justamente perseguida porque la persecución no puede causarle ningún daño, no puede ser acusada de ser intencionalmente hostil a la recepción de nuevas verdades; pero no podemos elogiar la generosidad de su trato hacia las personas a quienes la humanidad se las debe.
Descubrir al mundo algo que le concierne profundamente y acerca de lo cual ignoraba todo previamente; probarle que se había equivocado en algún punto vital de interés temporal o espiritual, es un servicio tan importante como un ser humano puede rendir a sus semejantes, y en ciertos casos, como en el de los primeros cristianos y el de los Reformadores, quienes piensan como el Dr. Johnson creen que ha sido el regalo más precioso que se le pudo haber otorgado a la humanidad.
Que los autores de tan espléndidos beneficios sean recompensados con el martirio; que su retribución consista en ser tratados como los más viles criminales, no es, según esta teoría, un error deplorable y una desgracia por la que la humanidad deba vestirse de cilicio y ceniza, sino el estado normal y justificable de las cosas.
El propulsor de una nueva verdad, según esta doctrina, debería presentarse, tal como lo hacía en la legislación de los locrios el proponente de una nueva ley, con una soga al cuello, dispuesta a ser apretada al instante si la asamblea pública, tras escuchar sus razones, no adoptaba en el acto su propuesta.