El mayor orador de la antigüedad, a excepción de uno solo, dejó constancia de que siempre estudiaba el caso de su adversario con tanta intensidad, o acaso mayor, que la del suyo propio.
Lo que Cicerón practicaba como medio para alcanzar el éxito forense, debe ser imitado por todos los que estudian cualquier asunto con el fin de llegar a la verdad.
Quien solo conoce su propio lado del caso, sabe poco de este. Sus razones pueden ser buenas y es posible que nadie haya podido refutarlas. Pero si es igualmente incapaz de refutar las razones del bando opuesto, si ni siquiera sabe cuáles son, no tiene fundamento alguno para preferir ninguna de las dos opiniones.
La postura racional para él sería la suspensión del juicio, y a menos que se conforme con eso, se deja guiar por la autoridad o adopta, como la generalidad del mundo, el bando hacia el que siente mayor inclinación.