Eso, por tanto, que cuando está ausente es tan indispensable y a la vez tan difícil de crear, ¡qué peor que absurdo resulta desaprovecharlo cuando se ofrece espontáneamente!
Si hay personas que impugnan una opinión recibida, o que lo harían si la ley o la opinión se lo permitieran, agradecámosles, abramos nuestra mente para escucharlas y alegrémonos de que haya alguien que haga por nosotros lo que, de otro modo —si nos importa en algo la certeza o la vitalidad de nuestras convicciones—, tendríamos que hacer nosotros mismos con muchísimo más esfuerzo.
Aún falta hablar de una de las causas principales que hacen que la diversidad de opiniones sea ventajosa, y que seguirá haciéndolo hasta que la humanidad haya entrado en una etapa de adelanto intelectual que por el momento parece a una distancia incalculable.
Hasta ahora solo hemos considerado dos posibilidades:
- que la opinión recibida sea falsa y que alguna otra opinión sea, por consiguiente, verdadera;
- o que, siendo verdadera la opinión recibida, el conflicto con el error opuesto sea esencial para una clara comprensión y un profundo sentimiento de su verdad.
Pero hay un caso más común que cualquiera de estos; cuando las doctrinas en conflicto, en lugar de ser una verdadera y la otra falsa, se reparten la verdad entre ambas; y la opinión disidente es necesaria para suministrar el resto de la verdad, de la cual la doctrina recibida encarna solo una parte. Las opiniones populares, sobre temas no perceptibles por los sentidos, suelen ser verdaderas, pero rara vez o nunca toda la verdad. Son una parte de la verdad; a veces una parte mayor, a veces menor, pero exagerada, distorsionada y disociada de las verdades por las cuales deberían estar acompañadas y limitadas.