bien ofrecerse a comprobar y certificar que una persona posee el conocimiento requerido para hacer que sus conclusiones, sobre cualquier tema dado, merezcan ser atendidas. Un estudiante de filosofía saldría beneficiado si fuera capaz de superar un examen tanto sobre Locke como sobre Kant, cualquiera de los dos que adopte, o incluso si no adopta ninguno; y no existe objeción razonable a examinar a un ateo en las evidencias del cristianismo, siempre que no se le exija profesar la creencia en ellas. Los exámenes, sin embargo, en las ramas superiores del conocimiento deberían ser, a mi juicio, enteramente voluntarios. Sería otorgar un poder demasiado peligroso a los gobiernos si se les permitiera excluir a cualquiera de las profesiones, incluso de la profesión de maestro, por una supuesta deficiencia de cualificaciones; y opino, junto con Wilhelm von Humboldt, que los títulos u otros certificados públicos de conocimientos científicos o profesionales deberían concederse a todos los que se presenten al examen y superen la prueba; pero que tales certificados no deben conferir ninguna ventaja sobre los competidores, aparte del peso que la opinión pública pueda atribuir a su testimonio.
No es solo en el ámbito de la educación donde las nociones descarriadas de la libertad impiden que se reconozcan las obligaciones morales por parte de los padres, y que se impongan obligaciones legales, aun cuando existen los motivos más sólidos para las primeras siempre, y en muchos casos también para las segundas. El hecho mismo de dar existencia a un ser humano es uno de los actos más llenos de responsabilidad en toda la gama de la vida humana. Asumir esta responsabilidad —otorgar una vida que puede ser una maldición o una bendición— a menos que el ser a quien va a ser otorgada tenga al menos las probabilidades ordinarias de una existencia deseable, es un crimen contra dicho ser. Y en un país