por el simple hecho de ser un escándalo para personas situadas a varios miles de millas de distancia, que no tienen parte ni interés en ello. Que envíen misioneros, si lo desean, para predicar en su contra; y que traten de oponerse, por medios justos (entre los cuales no se cuenta el silenciar a los maestros), al progreso de doctrinas similares entre su propia gente. Si la civilización ha podido vencer a la barbarie cuando la barbarie tenía el mundo para sí sola, es demasiado pretender temer que la barbarie, después de haber sido debidamente doblegada, resurja y conquiste a la civilización. Una civilización que puede sucumbir de este modo ante su enemigo vencido debe haberse vuelto antes tan degenerada que ni sus sacerdotes y maestros designados, ni nadie más, tienen la capacidad, o se toman la molestia, de defenderla. Si esto es así, cuanto antes reciba una notificación de desalojo semejante civilización, mejor. Solo podrá ir de mal en peor, hasta ser destruida y regenerada (como el Imperio de Occidente) por bárbaros enérgicos.
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IV. De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo
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