Estado consideran un mal. Entonces, en verdad, se introduce un nuevo elemento de complicación; a saber, la existencia de clases de personas con un interés opuesto a lo que se considera el bienestar público, y cuyo modo de vida se fundamenta en la contrariedad del mismo. ¿Debe interferirse en esto o no? La fornicación, por ejemplo, debe ser tolerada, y también los juegos de azar; pero ¿debería ser libre una persona para ser proxeneta o para mantener una casa de apuestas? El caso es uno de aquellos que se encuentran en la línea limítrofe exacta entre dos principios, y no resulta evidente de inmediato a cuál de los dos pertenece propiamente. Hay argumentos en ambos sentidos. * Del lado de la tolerancia se puede decir que el hecho de seguir cualquier ocupación, y vivir o lucrarse con la práctica de la misma, no puede convertir en criminal lo que de otro modo sería admisible; que el acto debe ser consistentemente permitido o consistentemente prohibido; que si los principios que hasta ahora hemos defendido son verdaderos, la sociedad no tiene por qué, en cuanto sociedad, decidir que es malo nada que concierna únicamente al individuo; que no puede ir más allá de la disuasión, y que una persona debe ser tan libre para persuadir como otra para disuadir. * En oposición a esto, se puede sostener que, aunque el público o el Estado no están justificados para decidir con autoridad, con fines de represión o castigo, que tal o cual conducta que afecta únicamente a los intereses del individuo es buena o mala, están plenamente justificados para asumir, si la consideran mala, que el hecho de que lo sea o no es al menos una cuestión disputable: que, supuesto esto, no pueden estar actuando mal al esforzarse por excluir la influencia de las instigaciones que no son desinteresadas, de instigadores que no pueden ser imparciales de ninguna manera—que tienen un interés personal directo en un bando, y ese bando es el que el Estado cree que está
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V. Aplicaciones
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