la doctrina misma correrá el peligro de perderse, o debilitarse, y de ser privado de su efecto vital sobre el carácter y la conducta: el dogma se convertirá en una mera profesión formal, ineficaz para el bien, pero estorbando el terreno e impidiendo el crecimiento de cualquier convicción real y sincera, proveniente de la razón o de la experiencia personal.
Antes de dejar el tema de la libertad de opinión, conviene prestar cierta atención a quienes afirman que se debería permitir la libre expresión de todas las opiniones, a condición de que las formas sean moderadas y no traspasen los límites de la discusión leal.
Mucho podría decirse sobre la imposibilidad de determinar dónde deben situarse estos supuestos límites; porque si la prueba es la ofensa a aquellos cuya opinión es atacada, creo que la experiencia demuestra que dicha ofensa se produce siempre que el ataque es certero y contundente, y que todo oponente que los acorrale con fuerza, y a quien les resulte difícil responder, les parecerá, si muestra algún sentimiento fuerte sobre el asunto, un oponente desmedido.
Pero esto, aunque es una consideración importante desde un punto de vista práctico, se funde en una objeción más fundamental.