Así, en el siglo xviii, cuando casi todos los instruidos, y todos aquellos de los no instruidos que se dejaban guiar por ellos, se deshacían en admiración por lo que se llama civilización, y por las maravillas de la ciencia, la literatura y la filosofía modernas, y mientras sobrevaloraban enormemente la medida de la diferencia entre los hombres de los tiempos modernos y los de la antigüedad, albergaban la creencia de que la totalidad de dicha diferencia jugaba a su favor; ¡con qué sacudida saludable estallaron las paradojas de Rousseau como bombas en medio de todo aquello, dislocando la masa compacta de la opinión parcial y obligando a sus elementos a recombinarse de una forma mejor y con ingredientes adicionales!
No es que las opiniones actuales estuvieran en general más alejadas de la verdad que las de Rousseau; por el contrario, estaban más cerca; contenían más verdad positiva y muchísimos menos errores. Sin embargo, en la doctrina de Rousseau radicaba, y ha flotado a lo largo de la corriente de la opinión junto con ella, una cantidad considerable precisamente de aquellas verdades que la opinión popular necesitaba; y estas son el sedimento que quedó atrás