No es al progreso al que nos oponemos; por el contrario, nos halaga pensar que somos el pueblo más progresista que jamás ha existido. Es contra la individualidad contra lo que batallamos: creeríamos haber hecho maravillas si nos hubiésemos hecho a todos iguales; olvidando que la diferencia de una persona respecto a otra es por lo general lo primero que atrae la atención de cualquiera hacia la imperfección de su propio modelo, y la superioridad de otro, o la posibilidad, al combinar las ventajas de ambos, de producir algo mejor que cualquiera de los dos.
Tenemos un ejemplo de advertencia en China, una nación de mucho talento y, en algunos aspectos, incluso de sabiduría, debido a la rara buena fortuna de haber sido provista en una época temprana de un conjunto de costumbres particularmente bueno, obra, en cierta medida, de hombres a quienes incluso el europeo más ilustrado debe conceder, bajo ciertas limitaciones, el título de sabios y filósofos. Son notables también por la excelencia de su aparato para grabar, en la medida de lo posible, la mejor sabiduría que poseen en cada mente de la comunidad, y para asegurar que aquellos que se han apropiado de la mayor parte de ella ocupen los puestos de honor y poder. Ciertamente, el pueblo que hizo esto ha descubierto el secreto de la progresividad humana y debe de haberse mantenido firmemente a la cabeza del movimiento mundial. Por el contrario, se han vuelto estacionarios, han permanecido así durante miles de años; y si alguna vez han de mejorar aún más, ha de ser por obra de los extranjeros. Han triunfado más allá de toda esperanza en aquello en lo que los filántropos ingleses trabajan tan industriosamente: en hacer que un pueblo sea todo igual, que todos gobiernen sus pensamientos y su conducta mediante las mismas máximas y reglas; y estos son los frutos. El régimen moderno de la opinión pública es, de forma desorganizada, lo que los sistemas educativo y político chinos son de forma organizada; y a menos que la individualidad sea capaz de afirmarse con éxito contra este yugo, Europa, a pesar de sus nobles antecedentes y su cristianismo confeso, tenderá a convertirse en otra China.