que el sentimiento de la mayoría siga siendo genuino e intenso, se observa que ha cedido muy poco en su pretensión de ser obedecido.
En Inglaterra, por las circunstancias peculiares de nuestra historia política, aunque el yugo de la opinión es quizás más pesado, el de la ley es más ligero que en la mayoría de los demás países de Europa; y existe una considerable desconfianza hacia la injerencia directa del poder legislativo o ejecutivo en la conducta privada, no tanto debido a un justo respeto por la independencia del individuo, como al hábito aún subsistente de considerar al gobierno como representante de un interés opuesto al del público.
La mayoría aún no ha aprendido a sentir el poder del gobierno como su propio poder, ni sus opiniones como sus propias opiniones. Cuando lo hagan, la libertad individual estará probablemente tan expuesta a la invasión por parte del gobierno como ya lo está por parte de la opinión pública.