no cristianas; así como, incluso en la moralidad de la vida privada, todo lo que existe de magnanimidad, nobleza de espíritu, dignidad personal, e incluso el sentido del honor, proviene de la parte puramente humana, no de la religiosa, de nuestra educación, y jamás podría haber surgido de una norma ética en la que el único valor professadamente reconocido sea el de la obediencia.
Estoy tan lejos como cualquiera de pretender que estos defectos sean necesariamente inherentes a la ética cristiana, en cualquier modo en que pueda concebirse, o de que los muchos requisitos de una doctrina moral completa que no contiene no admitan ser reconciliados con ella.
Mucho menos insinuaría esto de las doctrinas y preceptos de Cristo mismo. Creo que los dichos de Cristo son todo aquello de lo que puedo ver indicios de que se pretendía que fuesen; que son irreconciliables con nada de lo que una moralidad abarcadora requiere; que todo lo que hay de excelente en ética puede incluirse en ellos, sin mayor violencia a su lenguaje que la que le han hecho todos los que han intentado deducir de ellos cualquier sistema práctico de conducta que sea.
Pero esto es perfectamente compatible con creer que contienen, y debían contener, solo una parte de la verdad; que muchos elementos esenciales de la moralidad