en los huesos; han exigido una indemnización de guerra de doce mil millones y medio; se han quedado con toda la flota alemana y todas las colonias alemanas; se han apoderado de la mayor parte de las locomotoras y de las vacas lecheras como garantía de la indemnización. Han devastado Rusia en el norte y en el sur. Ellos también han estado luchando por el botín.
Los bolcheviques comunistas dijeron todo esto al comienzo mismo de la guerra. Pero por entonces pocos les creyeron. Hoy, cualquiera que no esté en un manicomio puede ver que es verdad. El capital financiero es un ladrón codicioso y sanguinario, sin importar cuál sea la nacionalidad de los capitalistas. Da igual que sean rusos, alemanes, franceses, ingleses, japoneses o estadounidenses.
Vemos, pues, que cuando hablamos de la guerra imperialista es absurdo decir que un imperialista es culpable y que otro es inocente, decir que unos imperialistas fueron los agresores y que otros estaban a la defensiva.
Todas estas afirmaciones se hacen únicamente con el fin de engañar a los trabajadores. En realidad, las Potencias habían comenzado todas con agresiones contra los pueblos más pequeños en cuyas tierras establecieron sus colonias; todas albergaron designios de saqueo mundial; en todos los países por igual, los capitalistas esperaban someter al mundo entero al capital financiero de su propio país.
Una vez comenzada, la guerra no podía dejar de ser una guerra mundial. La razón es evidente. Casi todo el mundo se había repartido entre las «Grandes Potencias», y las Potencias estaban íntimamente conectadas por los lazos de un sistema económico de escala mundial. No sorprende, por tanto, que la guerra involucrase a todos los países y afectase a ambos hemisferios.
Gran Bretaña, Francia, Italia, Bélgica, Rusia, Alemania, Austria-Hungría, Serbia, Bulgaria, Rumanía, Montenegro, Japón, Estados Unidos, China