Si no hay clases, entonces no hay guerra de clases ni organizaciones de clase. En consecuencia, el Estado ha dejado de existir. Dado que no hay guerra de clases, el Estado se ha vuelto superfluo. No hay a nadie a quien reprimir, y no hay nadie que imponga represión.
Pero ¿cómo, nos preguntarán, puede ponerse en marcha esta vasta organización sin ninguna administración?
- ¿Quién va a elaborar los planes para la producción social?
- ¿Quién distribuirá la fuerza de trabajo?
- ¿Quién llevará la cuenta de los ingresos y gastos sociales?
- En una palabra, ¿quién va a supervisar todo el asunto?
No es difícil responder a estas preguntas. La dirección principal será encomendada a varios tipos de oficinas de contabilidad o gabinetes estadísticos.
Allí, de día en día, se llevará la cuenta de la producción y de todas sus necesidades; allí también se decidirá adónde deben ser enviados los trabajadores, de dónde deben ser tomados y cuánto trabajo hay por hacer.
Y dado que, desde la infancia en adelante, todos estarán acostumbrados al trabajo social, y puesto que todos comprenderán que este trabajo es necesario y que la vida es más fácil cuando todo se hace según un plan preestablecido y cuando el orden social es como una máquina bien engrasada, todos trabajarán de acuerdo con las indicaciones de estos gabinetes estadísticos.
No habrá necesidad de ministros de Estado especiales, de policía y prisiones, de leyes y decretos; nada por el estilo.
Así como en una orquesta todos los intérpretes observan la batuta del director y actúan en consecuencia, de igual modo aquí todos consultarán los informes estadísticos y dirigirán su labor en consecuencia.