casi con la misma libertad que antes de la separación de la escuela de la iglesia.
El decreto por el cual la escuela se separa de la Iglesia debe aplicarse rigurosamente, y el Estado proletario no debe hacer la más mínima concesión al oscurantismo medieval. Lo que ya se ha hecho para sacudirse el yugo de la religión es muy poco, pues todavía está en manos de padres ignorantes paralizar la mente de sus hijos enseñándoles fábulas religiosas. Bajo el poder soviético hay libertad de conciencia para los adultos. Pero esta libertad de conciencia para los padres equivale a una libertad para envenenar la mente de sus hijos con el opio que, cuando ellos eran jóvenes, la Iglesia vertió en sus propias mentes. Los padres imponen a los hijos su propia estupidez, su propia ignorancia; proclaman como verdad toda clase de tonterías; y de este modo aumentan enormemente las dificultades con las que ha de tropezar la escuela laboral unificada. Una de las tareas más importantes del Estado proletario es liberar a los niños de la influencia reaccionaria ejercida por sus padres. El camino verdaderamente radical para lograrlo es la educación social de los niños, llevada