Si Tretiakov, el famoso comerciante de Moscú, se le hubiera ocurrido un buen día quemar su galería de pinturas en lugar de donarla a la ciudad de Moscú, no habría existido en la sociedad capitalista ninguna ley por la cual se le pudiera pedir cuentas. Como resultado de la compraventa privada de obras de arte, libros raros, manuscritos, etc., muchas de ellas se vuelven inaccesibles para las grandes masas del pueblo, y estas rarezas pasan a ser posesión exclusiva de los miembros de la clase explotadora. La República Soviética ha declarado que todas las obras de arte, colecciones, etc., son propiedad social, y elimina todo obstáculo para su utilización social. El mismo propósito persiguen los decretos destinados a sustraer de la propiedad privada las grandes bibliotecas, de modo que estas también se han convertido en propiedad social.
El Partido Comunista debe velar por que la autoridad del Estado siga avanzando en esa dirección. En vista de la actual escasez de libros y de la imposibilidad de publicar rápidamente grandes ediciones y reimpresiones, es necesario que se produzca una mayor restricción de la propiedad privada y que los libros se reúnan en bibliotecas públicas, en las escuelas, etcétera.
Asimismo, en aras de la ilustración, y con el fin de asegurar al mayor número posible de personas la oportunidad de visitar el teatro, todos los teatros han sido nacionalizados y, de este modo, de manera indirecta se ha logrado la socialización del arte dramático, musical y vocal.
Por consiguiente, poco a poco, todas las obras de la ciencia y del arte —que en un principio fueron creadas mediante la explotación de las masas trabajadoras, que supusieron una carga sobre sus espaldas y fueron producidas a su costa— han sido devueltas ahora a sus verdaderos dueños.