manos de los comerciantes privados, y distribuir estas mercancías de acuerdo con el sistema de racionamiento de clase, sin destruir el aparato comercial, que el Estado soviético más bien debió haber conservado y utilizado para sus propios fines.
Hasta cierto punto, en efecto, trabajamos en esta dirección.
Pero las mercancías fueron confiscadas desgraciadamente demasiado tarde, cuando la mayor parte de ellas ya había sido convertida en dinero, el cual había sido ocultado por los propietarios.
Todo el aparato de la gran distribución fue incautado por el Poder soviético, y comenzó a trabajar en su beneficio con la ayuda de los sindicatos de empleados. Solo se prescindió de los directores de las empresas, pues estos se habían convertido ya en elementos puramente parasitarios.
Antiguamente había sido necesario comprar mercancías, buscarlas, regatear. Pero ahora que el propio Estado proletario se había convertido en el principal productor de mercancías en sus talleres nacionalizados, habría sido absurdo que el Estado se vendiera estas mercancías a sí mismo y mantuviera así a los comerciantes a sus propias expensas.
Además, los intermediarios son superfluos entre los campesinos y el Estado, y entre el Estado y los consumidores, tan pronto como se establece un monopolio estatal sobre el grano. Los intermediarios no pueden ofrecer ningún incentivo que anime a los campesinos a entregar el grano al Estado. Los campesinos no tienen motivo para buscar compradores para el grano, ya que no hay compradores.
Por lo tanto, en la medida en que el Poder proletario se ha hecho cargo de la producción de una serie de artículos importantes, y en la medida en que efectúa una proporción notable de la producción mediante el trabajo de sus propios instrumentos, necesita su propio aparato de distribución. No hay lugar aquí para el comercio privado.