En el año 1915, de los once mil y pico de millones de la «renta nacional», seis mil millones se gastaron en la guerra. En el mismo comienzo de la revolución, las terribles consecuencias de la guerra se hicieron evidentes. * La producción de las obras de ingeniería había caído en un 40 por ciento, y la de los talleres textiles en un 20 por ciento; * una gran reducción se hizo patente rápidamente en el suministro de carbón, hierro y acero. Entre el 1 de marzo y el 1 de agosto (estilo antiguo) de 1917, 568 empresas fueron cerradas y más de 100.000 proletarios se quedaron sin trabajo. La deuda nacional alcanzó cifras sin precedentes. Mes a mes, día a día, la situación del país se volvía
Es evidente que el proletariado, cuando ascendió al poder en noviembre de 1917, se enfrentó a una tarea de dificultad inaudita, a la tarea de construir una economía socialista en un país totalmente desorganizado.
La desastrosa herencia se hizo aún más desastrosa al término de la vieja guerra imperialista. La mera desmovilización de nuestro ejército supuso gastos enormemente elevados. El sistema de transporte ya había quedado destrozado y desarticulado por la guerra; la desmovilización fue el golpe de gracia y la red ferroviaria se derrumbó casi por completo. Así, el transporte llegó prácticamente a su fin, al igual que la producción.
Esto no constituye en absoluto ningún argumento en contra de la revolución de los trabajadores. Si la burguesía hubiera permanecido en el poder, habría continuado librando la gran guerra imperialista, habría continuado pagando vastas sumas en concepto de intereses a los franceses y a los británicos, y habría