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La Segunda y la Tercera Internacional

Cuando Plejánov o Scheidemann consideraban necesario «defender» la patria zarista o kaiserista, tenían, por supuesto, que insistir en que los trabajadores no debían hacer absolutamente nada que interfiriera con la defensa del Estado rapaz. En consecuencia, no debía haber huelgas y mucho menos se debía hablar de sublevarse contra la burguesía. Los traidores socialistas razonaban de la siguiente manera. Antes que nada, decían, debemos ajustar cuentas con el enemigo «extranjero», y ya veremos después. Por ejemplo, Plejánov declaró en su manifiesto que no debía haber huelgas ahora que Rusia estaba en peligro. Los obreros de todos los países beligerantes estaban esclavizados de la misma manera por la burguesía.

Pero desde los primeros días de la guerra hubo grupos de socialistas leales que comprendieron que la «defensa de la patria» y la «tregua de partidos» ataban de pies y manos al proletariado, y que pronunciar estas consignas equivalía a traicionar a los trabajadores.

Los bolcheviques vieron esto desde el principio. Ya en 1914 declararon que no debía haber tregua con la burguesía, sino una lucha incesante contra los capitalistas: la revolución. El primer deber del proletariado en cualquier país es derrocar a su propia burguesía; tal era la opinión expresada por nuestro partido en los primeros días de la guerra.

En Alemania también se formó un grupo de camaradas dirigido por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Este grupo adoptó el nombre de Internacional, declarando que la solidaridad internacional del proletariado era el primero de todos los deberes. Pronto Karl Liebknecht proclamó abiertamente la necesidad de la guerra civil e incitó a los obreros a la insurrección armada contra la burguesía. Tal fue el origen del partido de los bolcheviques alemanes: el grupo Espartaquista.

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