Ya hemos señalado que los aspectos sanguinarios del capitalismo se manifestaron de manera especial en las colonias.
En Europa y en los Estados Unidos, la industria estaba muy desarrollada, y en estas regiones la lucha de la clase obrera había adoptado formas comparativamente pacíficas. Desde 1871 no había habido grandes revoluciones en ninguna parte, salvo en Rusia, y en la mayoría de los países no las había habido desde 1848.
La gente estaba universalmente acostumbrada a la idea de que el desarrollo futuro del capitalismo sería pacífico, e incluso aquellos que hablaban de guerras venideras apenas creían en sus propias palabras.
Un sector de los trabajadores, incluidos los líderes de la clase obrera, se mostraba cada vez más inclinado a aceptar la idea de que la clase obrera estaba interesada en la política colonial y que los trabajadores debían unir fuerzas con su propia burguesía para promover, en este asunto, «el bienestar nacional común».
En consecuencia, un gran número de miembros de la pequeña burguesía confluyó en los partidos socialistas.
En Alemania, por ejemplo, entre los miembros del grupo parlamentario socialdemócrata, había un buen número de taberneros y propietarios de restaurantes obreros. En 1892, de 35 diputados socialistas, había 4 que se dedicaban a estas ocupaciones; en 1905, había 6 de 81; en 1912, había 12 de 110.
No es sorprendente que en momentos críticos su devoción por el Estado imperialista rapaz pesara más que su devoción por la solidaridad internacional.
VEMOS, PUES, QUE LA CAUSA PRINCIPAL DE LA RUPTURA DE LA SEGUNDA INTERNACIONAL SE HALLABA EN EL