En una sociedad de clases donde el capitalismo es dominante, la ciencia está divorciada del trabajo. No sólo se convierte en propiedad de las clases poseedoras. Más que esto, se convierte en la profesión de un círculo pequeño y comparativamente estrecho de individuos. La instrucción científica y la investigación científica están divorciadas del proceso de trabajo. Para poder valerse de los datos de la ciencia y sacar provecho de ellos en la producción, la sociedad burguesa tiene que crear una serie de instituciones que sirvan para la aplicación de los descubrimientos científicos a la técnica manufacturera; y tiene que crear una serie de escuelas técnicas que faciliten el mantenimiento de la producción al nivel que hace posible el avance de la ciencia «pura» —con lo cual se entiende la ciencia divorciada del trabajo—. Además, las escuelas politécnicas de la sociedad capitalista no sólo sirven para abastecer a la sociedad capitalista de expertos técnicos; suministran además a aquellos que actuarán como gerentes, aquellos que funcionarán como «capitanes de la industria». Asimismo, para proveer al personal que supervisará la circulación de mercancías, se han fundado numerosas escuelas y academias comerciales.
En todas estas organizaciones, todo lo que esté vinculado con la producción perdurará. Pero todo lo que concierne meramente a la producción capitalista se extinguirá. Persistirá todo lo que promueva el avance de la ciencia; perecerá aquello que promueva la separación entre la ciencia y el trabajo. Se preservarán los métodos de instrucción técnica —pero la instrucción en métodos técnicos totalmente al margen de la realización de trabajo físico será abolida—. Se preservará y ampliará la utilización de la ciencia para impulsar la producción. Por otra parte, cualquier obstáculo para dicha utilización de