En la agricultura, al igual que en la industria manufacturera, cuando el trabajo se realiza a gran escala se ahorra en herramientas y maquinaria, materiales, fuerza de trabajo, combustible, iluminación, etc.
En la agricultura a gran escala, habrá por desiatina menos espacio desaprovechado entre los campos, menos setos, zanjas y cercas; se perderá menos semilla en estas zonas baldías.
Además, el propietario de una gran granja considera que vale la pena contratar a agricultores expertos y puede explotar su tierra mediante métodos totalmente científicos.
En cuestiones de comercio y de crédito, lo que es válido para la industria, lo es también para la agricultura. El agricultor a gran escala conoce mejor el mercado, puede aguardar las oportunidades favorables, puede comprar todo lo que necesita más baratamente, puede vender a un mejor precio.
Solo una cosa le queda al pequeño competidor; lucha con todas sus fuerzas. La agricultura a pequeña escala solo puede seguir existiendo mediante el trabajo esforzado, en conjunción con la restricción de las necesidades, con la semihambre. Solo así puede mantenerse bajo el régimen capitalista.
Sufre aún más gravemente debido a la pesada tributación. El Estado capitalista impone cargas aplastantes al pequeño propietario. Basta recordar lo que la tributación zarista significaba para el campesino: «Vende todo lo que tengas, con tal de que pagues tus impuestos».
En general puede decirse que la pequeña producción es mucho más tenaz en la agricultura que en la industria manufacturera. En las ciudades, los artesanos independientes y otros pequeños productores se arruinan con rapidez en su mayor parte, pero en las zonas rurales de todos los países la economía campesina lleva todavía una existencia bastante robusta.