En ninguna parte, sin embargo, se llevó esta lucha hasta el final. En Francia, por ejemplo, donde durante dos décadas todos los ministerios burgueses se habían comprometido solemnemente a disolver las órdenes religiosas, confiscar sus bienes y prohibir sus actividades educativas, se ha producido un compromiso tras otro con el clero católico. Un excelente ejemplo de tal compromiso entre el Estado y la Iglesia fue la reciente acción de Clemenceau. Este ministro en su día se había opuesto ferozmente a la Iglesia. Al final, sin embargo, olvidó su hostilidad y distribuyó personalmente condecoraciones entre el clero católico como recompensa por sus servicios patrióticos. En la lucha por la explotación de otras tierras (la guerra con Alemania) y en la lucha interna con la clase trabajadora, el Estado burgués y la Iglesia han entrado en alianza y se prestan mutuo apoyo.
Esta reconciliación de la burguesía con la iglesia encuentra expresión, no meramente en el abandono por parte de la burguesía de sus viejas consignas antirreligiosas y de su campaña contra la religión, sino en algo más significativo. En una medida creciente, la burguesía se está convirtiendo ahora en una «clase creyente». Los precursores de la burguesía europea contemporánea fueron ateos, fueron librepensadores, se mostraron ferozmente antagónicos hacia los sacerdotes y el sacerdocio. Sus sucesores han dado un paso atrás. Hace una generación, los burgueses, aunque ellos mismos aún se inclinaban hacia el ateísmo, aunque no creían en los cuentos de hadas religiosos y aunque se reían secretamente de la religión, consideraban sin embargo que las fábulas debían ser tratadas con respeto en público, ya que la gente común necesitaba de la religión como un freno útil. Hoy en día, los vástagos de la burguesía no se conforman con ver a la religión como proveedora de grilletes útiles para el pueblo, sino que ellos