Contra semejante concepción del Estado burgués, cabría aducir las siguientes consideraciones.
Usted dice que el Estado está dirigido exclusivamente en interés del capital. Considere este punto, sin embargo.
En todos los países capitalistas existen leyes fabriles que prohíben o restringen el trabajo infantil, limitan la jornada laboral, etcétera. En Alemania, por ejemplo, en los días de Guillermo II, prevalecía un sistema bastante bueno de seguros estatales para los trabajadores. En Inglaterra, el ministro típicamente burgués Lloyd George introdujo la Ley de Seguros y la Ley de Pensiones de Vejez.
En todas las tierras burguesas hay hospitales, dispensarios y sanatorios para los trabajadores; se construyen ferrocarriles, y en ellos pueden viajar todos, ricos y pobres por igual; se establecen obras hidráulicas para el suministro de las ciudades, y así sucesivamente. Tales cosas son para el servicio público.
Esto implica, dirán muchos, que incluso en aquellos países donde el capital manda, el Estado no se dirige únicamente en interés del capital, sino que se ocupa asimismo de los intereses de los trabajadores. El Estado castiga de hecho a los propietarios de fábricas que infringen la legislación fabril.
Estos argumentos son falaces por las siguientes razones. Es perfectamente cierto que la autoridad burguesa aprueba ocasionalmente leyes y reglamentos útiles para la clase trabajadora. Sin embargo, se aprueban en interés de la burguesía. Tomemos como ejemplo los ferrocarriles.