Es interesante señalar que, pocos días antes de la traición, la prensa socialista y los dirigentes de los partidos socialistas se explayaban en contra de la guerra. Gustave Hervé, por ejemplo, el traidor al socialismo francés, escribía lo siguiente en su periódico «La Guerre Sociale» [La Guerra Social, bautizado posteriormente como La Victoria]:
«¡Hemos de luchar para salvar el prestigio del zar!... ¡Qué encantador morir por una causa tan gloriosa!»
Tres días antes del estallido de la guerra, el Partido Socialista Francés publicó un manifiesto en contra de ella, y los sindicalistas franceses escribieron en su revista: «¡Trabajadores! Si no sois unos cobardes, ¡protestad!».
Los socialdemócratas alemanes celebraron numerosos grandes mítines de protesta. Todavía estaba fresca la memoria de la resolución aprobada en el congreso internacional de Basilea, resolución según la cual, en caso de guerra, debían emplearse todos los medios posibles «para incitar al pueblo a la revuelta y acelerar el colapso del capitalismo».
Pero en el espacio de uno o dos días, estos mismos partidos y estos mismos dirigentes insistían en la necesidad de «la defensa de la patria» (lo que significaba la defensa del Estado rapaz de «su propia» burguesía). En Austria, el «Arbeiter Zeitung» [Gaceta del Trabajador] declaró nada menos que los trabajadores debían unirse para la defensa de «la humanidad alemana».
Para comprender el inglorioso colapso de la Segunda Internacional, debemos estudiar el desarrollo del movimiento de la clase trabajadora antes de la guerra. Antes de este conflicto, el capitalismo en Europa y en los EE. UU. debió su desarrollo en gran medida al saqueo frenético de las colonias. Los aspectos repugnantes y sanguinarios del capitalismo se mostraron aquí