Camisón
Habíamos estado así en la cama, charlando y dormitando a cortos intervalos, y Queequeg arrojando de vez en cuando afectuosamente sus piernas morenas y tatuadas sobre las mías, y volviéndolas a retirar luego; tan enteramente sociables y confiados y desenfadados éramos; cuando, al fin, debido a nuestras confabulaciones, lo poco de somnolencia que nos quedaba se desvaneció por completo, y nos dieron ganas de levantarnos de nuevo, aunque el amanecer aún quedaba algo lejos en el futuro.
Sí, nos pusimos muy desvelados; tanto que nuestra postura recostada empezó a volverse tediosa, y poco a poco nos encontramos sentados; las mantas bien arropadas a nuestro alrededor, recostados contra la cabecera con nuestras cuatro rodillas juntas, y nuestras dos narices dobladas sobre ellas, como si nuestras rótulas fueran calentadores de cama. Nos sentíamos muy bien y acogidos, más aún por lo fresco que estaba afuera; de hecho, también fuera de las cobijas, ya que no había fuego en la habitación. Más aún, digo yo, porque para disfrutar verdaderamente del calor corporal, alguna pequeña parte de uno debe estar fría, pues no hay cualidad en este mundo que no sea lo que es meramente por contraste. Nada existe en sí mismo. Si te alagas pensando que estás cómodo por completo, y lo has estado durante mucho tiempo, entonces ya no se puede decir que estés cómodo. Pero si, como Queequeg y yo en la cama, la punta de tu nariz o la coronilla de tu cabeza se enfrían ligeramente, vaya entonces, en verdad, en la conciencia general te sientes más deliciosa e inconfundiblemente cálido.