su cuerpo que la ballena logra sentirse cómoda en cualquier clima, en todos los mares, tiempos y mareas. ¿Qué sería de una ballena de Groenlandia, digamos, en esos escalofriantes mares helados del Norte, si no estuviera provista de su cómoda levita? Es verdad que otros peces se muestran sumamente activos en esas aguas hiperbóreas; pero estos, nótese bien, son peces de sangre fría y sin pulmones, cuyos vientres mismos son refrigeradores; criaturas que se calientan al socaire de un iceberg, como un viajero en invierno se calentaría ante el fuego de una posada; mientras que, al igual que el hombre, la ballena tiene pulmones y sangre caliente. Congélese su sangre y morirá. ¡Qué maravilloso es entonces —salvo tras una explicación— que este gran monstruo, para quien el calor corporal es tan indispensable como lo es para el hombre; qué maravilloso que se le encuentre en su elemento, sumergido hasta los labios de por vida en esas aguas árticas! Donde, cuando los marineros caen por la borda, a veces se les encuentra, meses después, congelados perpendicularmente en el corazón de los campos de hielo, como una mosca atrapada en ámbar. Pero más sorprendente aún es saber, como se ha demostrado mediante experimentos, que la sangre de una ballena polar es más caliente que la de un negro de Borneo en verano.
Me parece, en verdad, que vemos aquí la rara virtud de una vigorosa vitalidad individual, y la rara virtud de paredes gruesas, y la rara virtud de la amplitud interior.
¡Oh, hombre! ¡Admira a la ballena y modélate a su imagen! Permanece tú también cálido entre el hielo. Vive tú también en este mundo sin ser de él. Sé frío en el ecuador; mantén tu sangre fluida en el polo. Como la gran cúpula de San Pedro, y como la gran ballena, conserva, ¡oh hombre!, en todas las estaciones una temperatura propia.
¡Pero qué fácil y qué inútil es enseñar estas bellas cosas! De las construcciones, ¡cuán pocas tienen cúpula como la de San Pedro!; de las criaturas, ¡cuán pocas son inmensas como la ballena!