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tiburones devoradores de hombres. No: deseaba una canoa como las de Nantucket, tanto más afín a él por ser ballenero, cuanto que, al igual que una ballenera, estas canoas-ataúd carecían de quilla; aunque eso supusiera un rumbo incierto y mucha deriva a través de las edades oscuras.

Ahora bien, cuando este extrañísimo asunto fue conocido en la popa, se le ordenó al carpintero que cumpliera de inmediato los deseos de Queequeg, sea cual fuere su índole.

Había a bordo unos maderos viejos, paganos y del color de un ataúd, que, en una travesía muy anterior, habían sido cortados de los bosquecillos aborígenes de las islas Lackaday, y con estos oscuros tablones se recomendó fabricar el féretro.

Apenas se enteró el carpintero de la orden, tomando su regla, procedió de inmediato, con toda la indiferente prontitud propia de su carácter, a dirigirse al castillo de proa y tomó las medidas de Queequeg con gran exactitud, tizando regularmente la persona de Queequeg a medida que movía la regla.

—¡Ah, pobre muchacho! Ahora tendrá que morir —exclamó el marinero de Long Island.

Yendo a su banco de carpintero, por razones de comodidad y consulta general, midió entonces en él de manera transportada la longitud exacta que debía tener el ataúd, y luego hizo permanente dicha medida cortando dos muescas en sus extremos. Hecho esto, dispuso las tablas y sus herramientas, y manos a la obra.

Cuando se clavó el último clavo, y la tapa estuvo debidamente cepillada y encajada, se echó el ataúd al hombro con ligereza y avanzó con él, preguntando si ya estaban listos para recibirlo por aquel rumbo.

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