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XXXI. Queen Mab

con una joroba en la espalda, me toma por los hombros y me hace girar. «¿Qué estás haciendo?», dice él. ¡Caramba, hombre, pero si estaba asustado! ¡Menuda jeta! Pero, de algún modo, al momento se me pasó el susto. «¿Que qué estoy haciendo? —le digo al fin—. ¿Y a ti qué te importa, me gustaría saber, señor Jorobado? ¿Quieres una patada?». ¡Por Dios, Flask, no hube bien dicho eso, cuando me dio la espalda, se inclinó y, apartando un montón de algas que tenía por pañal —¡qué crees que vi?—, pues válgame el cielo, hombre, su popa estaba llena de pasadores de borriquete clavados, con las puntas hacia fuera! Dije, pensándolo mejor: «Creo que no te voy a dar una patada, viejo amigo». «Sabio Stubb —dijo él—, sabio Stubb»; y seguía mascullándolo todo el tiempo, como rumiándose las propias encías, a la manera de una bruja de chimenea.

Al ver que no iba a parar de repetir lo de «sabio Stubb, sabio Stubb», pensé que bien podía volver a patear la pirámide. Pero apenas había levantado el pie para hacerlo, cuando bramó: «¡Deja de patear eso!». —Hola —digo yo—, ¿qué pasa ahora, viejo amigo? —Mira por dónde —dice él—; discutamos el insulto. El capitán Ahab te pateó, ¿no es cierto? —Sí, lo hizo —digo yo—, justo aquí fue. —Muy bien —dice él—, usó su pierna de marfil, ¿no? —Sí, lo hizo —digo yo.

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