sin llegar a desvanecerse. Apuntando su catalejo hacia aquella visión, Ahab giró rápidamente en su agujero de pivote, gritando: «¡Allá arriba, a preparar aparejos y cubos para mojar las velas!; ¡malayos, señor, y vienen tras nosotros!».
Como si hubieran estado demasiado tiempo acechando tras los promontorios, hasta que el Pequod hubo entrado de lleno en los estrechos, aquellos pícaros asiáticos venían ahora en su ardiente persecución, para compensar su tardanza hiperprudente. Pero cuando el veloz Pequod, con un viento fresco y favorable, se lanzó él mismo a una ardiente persecución; qué muy amables por parte de aquellos filántropos atezados al ayudar a apresurarla en su propia empresa elegida —fustas y espuelas para ella, eso es lo que eran—. Mientras, con el catalejo bajo el brazo, Ahab paseaba de un lado a otro de la cubierta; contemplando en su giro hacia proa a los monstruos que perseguía, y en el de popa a los sanguinarios piratas que lo perseguían a él; alguna fantasía semejante a la anterior parecía ser la suya. Y cuando echó una ojeada a las verdes paredes del desfiladero acuático por el que navegaba entonces el barco, y pensó que a través de aquella puerta se hallaba la ruta hacia su venganza, y advirtió cómo a través de esa misma puerta iba ahora persiguiendo y siendo perseguido hacia su final mortal; y no solo eso, sino que una manada de piratas salvajes e implacables y de diablos ateos e inhumanos lo alentaba infernalmente con sus maldiciones; cuando todas estas ocurrencias hubieron cruzado por su cerebro, la frente de Ahab quedó demacrada y surcada, como la playa de arena negra después de que alguna marea tempestuosa la haya estado royendo, sin lograr arrancar de su sitio a la cosa firme.
Pero pensamientos como estos turbaban a muy pocos de aquella temeraria tripulación; y cuando, tras ir dejando constante y constantemente atrás a los piratas, el Pequod surcó por fin la vívida y verde Punta Cacatúa, en la costa de Sumatra, emergiendo por fin a las anchas aguas del otro lado; entonces, los arponeros parecían acongojarse