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LI. El surtidor fantasmal

manifestó la más sombría reserva; y menos que nunca se dirigió a sus oficiales. En tiempos tempestuosos como este, después de que todo arriba y en los mástiles ha sido asegurado, ya no queda nada más por hacer que aguardar pasivamente el desenlace del vendaval. Entonces el capitán y la tripulación se vuelven fatalistas prácticos. Así, con su pierna de marfil introducida en su agujero habitual, y con una mano aferrada firmemente a una obenque, Ahab permanecía horas y horas contemplando fijamente barlovento, mientras un chubasco ocasional de aguanieve o nieve estuvo a punto de congelarle las mismísimas pestañas.

Entre tanto, la tripulación, expulsada de la proa por los peligrosos mares que rompían con violencia sobre ella, se alineaba a lo largo de las amuradas en el combés; y para guarecerse mejor de las olas saltarinas, cada hombre se había metido en una especie de aspa de gaza asegurada a la borda, en la cual se mecía como en un cinturón flojo.

Pocas o ninguna palabra se pronunciaban; y el silencioso barco, como tripulado por marineros pintados de cera, día tras día avanzaba velozmente desgarrando toda la rápida locura y regocijo de las olas demoníacas.

De noche reinaba la misma mudez de la humanidad ante los gritos del océano; en silencio los hombres seguían balanceándose en las gazas de proa; sin decir palabra, Ahab seguía en pie frente al viento. Aun cuando la naturaleza cansada parecía exigir reposo, él no quiso buscarlo en su hamaca. Nunca pudo Starbuck olvidar el aspecto del viejo cuando, una noche al bajar al camarote para ver cómo estaba el barómetro, lo vio con los ojos cerrados sentado en ángulo recto en su silla sujeta al suelo; la lluvia y la aguanieve medio derretida de la tormenta de

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