general, los cuales, a fin de cuentas, situarán triunfalmente al ballenero de esperma, al menos, entre las cosas más limpias de esta ordenada tierra. Pero aun concediendo que el cargo en cuestión sea cierto; ¿qué cubiertas desordenadas y resbaladizas de un ballenero son comparables a la indescriptible carroña de esos campos de batalla de los que tantos soldados regresan para beberse los aplausos de todas las damas? Y si la idea del peligro enaltece tanto la concepción popular de la profesión del soldado; permitidme aseguraros que muchos veteranos que han marchado sin vacilar hacia una batería, retrocederían de inmediato ante la aparición de la vasta cola del cachalote, que agita en remolinos el aire sobre su cabeza. ¡Pues qué son los terroríficos terrores comprensibles del hombre en comparación con los terrores y maravillas entrelazados de Dios!
Pero, aunque el mundo se burle de nosotros los balleneros, ¡sin saberlo nos rinde el más profundo homenaje; sí, una adoración desbordante! Pues casi todas las velas, lámparas y candiles que arden en todo el globo, arden, como ante otros tantos altares, ¡en nuestra gloria!
Pero mirad este asunto bajo otras luces; pesadlo en toda clase de balanzas; ved lo que somos los balleneros, y lo que hemos sido.
¿Por qué los holandeses en tiempos de De Witt tenían almirantes para sus flotas balleneras? ¿Por qué Luis XVI de Francia, de su propio pecunio, armó buques balleneros en Dunkerque e invitó cortesmente a dicha ciudad a una veintena de familias de nuestra propia isla de Nantucket? ¿Por qué Gran Bretaña, entre los años 1750 y 1788, pagó a sus balleneros en primas una suma superior a 1 000 000 de libras esterlinas? Y por último, ¿cómo se explica que nosotros, los balleneros de América, superemos ahora en número a todos los demás balleneros confabulados