La blancura de la ballena
Lo que la ballena blanca era para Ahab, ya se ha insinuado; lo que, a veces, era para mí, aún queda por decir.
Aparte de esas consideraciones más obvias tocantes a Moby Dick, que no podían menos que despertar de vez en cuando en el alma de cualquier hombre cierta alarma, había otro pensamiento, o más bien un terror vago e innominado acerca de él, que a veces con su intensidad abrumaba por completo a todos los demás; y, sin embargo, era tan místico y casi inefable, que casi desespero de darle una forma comprensible.
Era la blancura de la ballena lo que por encima de todo me aterraba. Pero ¿cómo puedo esperar explicarme aquí?; y, sin embargo, de algún modo oscuro y fortuito, debo explicarme, o de lo contrario todos estos capítulos podrían no ser nada.
Aunque en muchos objetos naturales la blancura realza la belleza con refinamiento, como si les infundiera alguna virtud propia y especial, tal como ocurre en los mármoles, las camelias y las perlas; y aunque diversas naciones han reconocido de algún modo una cierta preeminencia real en esta tonalidad; hasta los bárbaros y grandiosos reyes antiguos de Pegu que anteponen el título de «Señor de los Elefantes Blancos» a todos sus otros grandilocuentes atributos de dominio; y los modernos reyes de Siam que desplegaban el mismo cuadrúpedo blanco como la nieve en el estandarte real; y la bandera hannoveriana que ostenta la única figura de un corcel blanco como la nieve; y el gran Imperio austríaco, cesáreo, heredero de la Roma dominadora, que tiene para el color imperial esa misma tintura