todos los aparejos se enrollan en rincones ocultos; y cuando, por la industria combinada y simultánea de casi toda la tripulación del barco, todo este concienzudo deber concluye por fin, entonces la tripulación misma procede a sus propias abluciones; se cambia de pies a cabeza; y finalmente emerge a la cubierta inmaculada, fresca y radiante, como novios recién salidos de las
Ahora, con paso jubiloso, recorren los tablones de dos en dos y de tres en tres, y charlan con gracia sobre salones, sofás, alfombras y finas cambrayes; proponen esterar la cubierta; piensan en colgar adornos del techo; no ponen objeción a tomar el té a la luz de la luna en la galería de proa.
Sugerirle a semejantes marineros emperfumados el aceite, la ballena y la grasa rozaría casi la audacia. No tienen idea de aquello a lo que aludes de lejos.
¡Fuera, y traednos servilletas!
Pero nota: allá arriba, en los tres masteleros, hay tres hombres empeñados en avistar más ballenas que, de ser capturadas, volverán indefectiblemente a manchar los viejos muebles de roble y dejarán caer al menos una pequeña mancha de grasa en alguna parte. Sí; y muchas son las veces en que, tras las más duras e ininterrumpidas fatigas, que no conocen la noche; continuando sin parar durante noventa y seis horas; cuando desde el bote —donde se les han hinchado las muñecas de tanto remar todo el día en la línea del Ecuador— solo suben a cubierta para acarrear enormes cadenas, y accionar el pesado molinete, y cortar y tajar, sí, y para que su propio sudor sea ahumado y quemado de nuevo por los fuegos combinados del sol ecuatorial y las calderas ecuatoriales; cuando, tras todo esto, finalmente se han movido a limpiar el barco y a convertirlo en una lechería inmaculada; muchas son las veces en que los pobres muchachos, apenas abrochándose el cuello de sus limpias blusas, se ven