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XIV. Nantucket

Con fuertes lamentos, los padres vieron a su hijo desaparecer de su vista sobre las vastas aguas. Decidieron seguir en la misma dirección. Partiendo en sus canoas, tras una travesía peligrosa descubrieron la isla, y allí hallaron un cofre de marfil vacío: el esqueleto del pobre niñito indígena.

¿Qué mucho, pues, que estos nantucketenses, nacidos en una playa, se diesen al mar para ganarse la vida!

Primero atraparon cangrejos y almejas en la arena; vueltos más audaces, se adentraron con redes para pescar caballas; más experimentados, se echaron a flote en botes y capturaron bacalaos; y al fin, botando al mar una armada de grandes naves, exploraron este mundo acuático; le pusieron un cinturón incesante de circunnavegaciones; se asomaron al estrecho de Bering; y en todas las estaciones y en todos los océanos declararon guerra eterna a la masa animada más poderosa que ha sobrevivido al diluvio; ¡la más monstruosa y la más montañosa!

¡Ese mastodonte del mar salado, himalayo, revestido de tal portento de poder inconsciente, que sus propios pánicos son más de temer que sus más intrépidos y maliciosos ataques!

Y así es como estos desnudos nantucketenses, estos ermitaños del mar, saliendo de su hormiguero en el océano, han invadido y conquistado el mundo acuático como otros tantos Alejandros; parcelando entre ellos los océanos Atlántico, Pacífico e Índico, tal como las tres potencias piratas hicieron con Polonia.

Que América añada México a Texas, y amontone Cuba sobre Canadá; que los ingleses invadan toda la India y cuelguen su fulgurante estandarte del sol; dos tercios de este globo terráqueo pertenecen al hombre de Nantucket.

Pues el mar es suyo; él lo posee, como los emperadores poseen imperios; los demás marinos no tienen en él más que un derecho de paso.

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