perdido! Esto me parece, señor, como un cabo de salvamento; algo de lo que las almas débiles pueden aferrarse. ¡Oh, señor, deje que el viejo Perth venga ahora y remache estas dos manos; la negra con la blanca, porque no he de soltar
“Vaya, vaya, ni yo a ti, a no ser que con ello te arrastrara a peores horrores que los que aquí hay. Ven, pues, a mi camarote.
¡He aquí! Vosotros, creyentes en dioses de toda bondad, y en hombres de toda maldad, ¡he aquí! Ved a los dioses omniscientes olvidados del hombre sufriente; y al hombre, aunque idiota, y sin saber lo que hace, lleno aún de las dulces cosas del amor y la gratitud.
¡Ven! ¡Me siento más orgulloso de guiarte de tu negra mano que si empuñara la de un Emperador!”.
“Allí van otros dos zafios ahora”, masculló el viejo manxmen.
“Uno zafio por la fuerza, el otro zafio por la debilidad. Pero aquí está el fin de la cuerda podrida... toda chorreante también. ¿Remendarla, eh? Creo que lo mejor sería tener una cuerda nueva del todo. Iré a ver al señor Stubb sobre el asunto”.