En una palabra, tras haber sido frito, el crujiente y arrugado blubber, llamado ahora chicharrones o torreznos, aún conserva una considerable parte de sus propiedades untuosas. Estos torreznos alimentan las llamas. Como un pletórico mártir ardiente, o un misántropo autoconsumidor, una vez encendido, la ballena suministra su propio combustible y arde con su propio cuerpo. ¡Ojalá consumiera su propio humo!, pues su humo es horrible de inhalar, e inhalarlo hay que hacerlo, y no solo eso, sino que hay que vivir en él durante ese tiempo. Tiene un olor indescriptible, salvaje, hindú, como el que puede acechar en las inmediaciones de las piras funerarias. Huele como el ala izquierda del día del juicio final; es un argumento a favor del abismo.
A medianoche las faenas se hallaban en plena marcha. Nos habíamos alejado del despojo; se habían desplegado las velas; el viento arreciaba; la oscuridad del Océano salvaje era intensa.
Pero esa oscuridad era devorada por las feroces llamas que, a intervalos, brotaban de las sombrías chimeneas e iluminaban cada alta cuerda de la arboladura, como con el célebre fuego griego.
El buque ardiente avanzaba como si estuviera implacablemente comisionado para alguna acción vengativa. Así los bergantines cargados de brea y azufre del audaz hidriota Kanaris, saliendo de sus puertos a medianoche, con amplias sábanas de llama por velas, se abalanzaban sobre las fragatas turcas y las envolvían en conflagraciones.
La escotilla, retirada de la parte superior de las calderas, ofrecía ahora un amplio hogar frente a ellas. Sobre este se erguían las formas tartáreas de los arponeros paganos, que eran siempre los fogoneros del ballenero. Con enormes pértigas provistas de ganchos arrojaban masas siseantes de grasa en las ollas hirvientes, o avivaban los fuegos debajo, hasta que las