La ballena como plato
Que el hombre mortal se alimente de la criatura que alimenta su lámpara, y, a la manera de Stubb, se la coma a su propia luz, por decirlo así; esto parece algo tan estrafalario que es menester adentrarse un poco en su historia y en su filosofía.
Consta en los registros que hace tres siglos la lengua de la Ballena Franca se consideraba un manjar exquisito en Francia y se pagaba a alto precio allí.
Asimismo, que en tiempos de Enrique VIII, cierto cocinero de la corte obtuvo una generosa recompensa por inventar una salsa admirable para acompañar marsopas asadas a la parrilla, las cuales, como recordarán, son una especie de ballena.
Las marsopas, de hecho, todavía hoy se consideran un plato excelente. La carne se hace en albóndigas del tamaño de bolas de billar y, bien sazonada y especiada, podría pasar por albóndigas de tortuga o de ternera.
A los viejos monjes de Dunfermline les gustaban mucho. Tenían una gran concesión de marsopas otorgada por la corona.
El hecho es que, al menos entre sus cazadores, la ballena sería considerada por todos un plato noble, de no ser porque hay tanta cantidad de ella; pero cuando uno se sienta ante un pastel de carne de casi cien pies de largo, se le quita el apetito.