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LVI. De las representaciones menos erróneas de las ballenas y de las verdaderas pinturas de escenas balleneras

una serie de grabados clásicos de bicheros, hachuelas de corte y arpeos; y, con la diligencia microscópica de un Leeuwenhoek, somete a la inspección de un mundo tiritando noventa y seis fascsímiles de cristales de nieve ártica magnificados. No es mi intención menospreciar al excelente navegante (lo honro por ser un veterano), pero en un asunto tan importante fue sin duda un descuido no haber conseguido para cada cristal una declaración jurada ante un juez de paz de Groenlandia.

Además de esas excelentes estampas de Garnery, hay otras dos grabaciones francesas dignas de mención, firmadas por alguien que se hace llamar «H. Durand». Una de ellas, aunque no del todo adecuada para nuestro propósito actual, merece sin embargo mención por otros motivos. Es una escena de mediodía apacible entre las islas del Pacífico; un ballenero francés anclado en la costa, en plena calma, tomando perezosamente agua a bordo; las velas desatadas del barco y las largas hojas de las palmeras al fondo, ambas lánguidas en el aire sin brisa. El efecto es muy bello si se considera en cuanto presenta a los rudos pescadores bajo uno de sus escasos aspectos de reposo oriental. La otra estampa es harina de otro costal: el barco al pairo en alta mar, en el corazón mismo de la vida leviatánica, con una ballena franca al costado; la embarcación (en plena faena de despiece) inclinada sobre el monstruo como si estuviera junto a un muelle; y un bote que, alejándose apresuradamente de esta escena de actividad, se dispone a dar caza a unas ballenas a lo lejos. Los arpones y las lanzas yacen listos para su uso; tres remeros acaban de encajar el mástil en su sitio; mientras que, a causa de un repentino bandazo del mar, la pequeña embarcación se eleva medio erguida fuera del agua, como un caballo que se encabrita. Desde el barco, el humo de los tormentos de la ballena en ebullición asciende como el

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