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LXXXVII

Aquí las tormentas en los rugientes desfiladeros entre las ballenas más exteriores se oían, pero no se sentían. En esta extensión central el mar presentaba esa superficie lisa y satinada, llamada tersura, producida por la sutil humedad que exhala la ballena en sus momentos de mayor tranquilidad. Sí, nos hallábamos ahora en esa calma encantada que, según dicen, se agazapa en el centro de toda conmoción. Y todavía divisábamos a lo lejos, en la distraída distancia, los tumultos de los círculos concéntricos exteriores, y veíamos sucesivos grupos de ballenas, de ocho o diez en cada uno, dando vueltas y vueltas velozmente, como yuntas de caballos multiplicadas en un redondel; y tan apretadas hombro con hombro, que un titánico jinete de circo habría podido saltar fácilmente por encima de las del centro, y dar así la vuelta sobre sus lomos. Debido a la densidad de la multitud de ballenas en reposo que rodeaba más directamente el eje abrigado de la manada, en ese momento no se nos ofrecía ninguna posibilidad de escape. Debíamos aguardar una brecha en el muro viviente que nos cercaba; el muro que solo nos había dejado entrar para encerrarnos. Permaneciendo en el centro del lago, éramos visitados de vez en cuando por pequeñas y mansas ballenas hembras y crías; las mujeres y los niños de este ejército en desbandada.

Ahora bien, incluyendo los ocasionales y amplios intervalos entre los círculos exteriores en rotación, y los espacios entre los diversos grupos en cualquiera de esos círculos, toda el área en este momento, abarcada por la multitud entera, debía de contener al menos dos o tres millas cuadradas. Sea como fuere —aunque en verdad tal prueba en semejante momento pudiera ser engañosa—, desde nuestra baja embarcación se podían divisar surtidores que parecía que brotaban casi desde el confín del horizonte. Menciono esta circunstancia porque, como si las ballenas hembras y sus

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