astil de madera, desfunda la cabeza, la afila un poco en la bota y, acercándose a grandes zancadas al trocito de espejo contra la pared, empieza a rasurarse enérgicamente, o más bien a arponearse las mejillas. Pensé para mí: Queequeg, esto es usar los mejores aceros de Rogers con venganza. Después me extrañó menos esta operación cuando llegué a saber de qué fino acero está hecha la cabeza de un arpón y cuán sumamente afilados se mantienen siempre sus largos y rectos filos.
El resto de su arreglo personal pronto quedó concluido, y salió con orgullo de la habitación, envuelto en su gran chaquetón de abrigo de estameña marinero y blandiendo su arpón como el bastón de un mariscal.