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XXI. Going Aboard

Por fin, al subir a bordo del Pequod, lo hallamos todo en profunda quietud, ni un alma moviéndose.

La entrada de la cámara estaba por dentro con llave; las escotillas estaban todas puestas y atestadas de rollos de cabuyería.

Yendo hacia proa, hasta el castillo, encontramos abierta la corredera de la lumbrera. Al ver una luz, bajamos, y no hallamos allí más que a un viejo aparejador, envuelto en un chaquetón raído.

Yacía estirado a todo lo largo sobre dos arcones, con la cara boca abajo y oculta entre los brazos cruzados. El más profundo sopor pesaba sobre él.

—Esos marineros que vimos, Queequeg, ¿adónde pueden haber ido? —dije, mirando dubitativo al durmiente.

Pero parecía que, cuando estaban en el muelle, Queequeg no se había percatado en absoluto de lo que yo ahora aludía; por lo que habría pensado que había sido víctima d’un engaño óptico en ese asunto, de no ser por la pregunta, por lo demás inexplicable, de Elijah.

Pero ahogué el asunto; y volviendo a fijarme en el durmiente, le sugerí en tono de broma a Queequeg que tal vez haríamos bien en velar el cadáver; diciéndole que se acomodara en consecuencia.

Puso la mano sobre la parte trasera del durmiente, como si palpase si era lo suficientemente blanda; y entonces, sin más preámbulos, se sentó tranquilamente allí.

—¡Válgame el cielo! Queequeg, no te sientes ahí —le dije.

—¡Oh! perry dood seat —dijo Queequeg—, mi modo país; no lastimar cara de él.

“¡La cara!”, dije yo, “¿a eso llamas su cara? Muy benévolo semblante entonces; pero qué fuerte respira, se está agitando; bájate, Queequeg,

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