Ahora, reuniendo los botalones de reserva de la cubierta inferior, y seleccionando uno de nogal americano, que aún conservaba la corteza, Ahab encajó el extremo en el cubo del hierro.
Luego se desenrolló un rollo de línea de remolque nueva, y se llevaron algunas brazas de ella al molinete, poniéndola bajo una gran tensión. Pisándola con el pie hasta que la cuerda zumbó como la cuerda de un arpa, y luego inclinándose ansiosamente sobre ella, sin ver ningún cabo deshilachado, Ahab exclamó: «¡Bien! y ahora a por las ligadas».
A un extremo, el cabo estaba descolchado, y los distintos cordones separados formaban una trenza y un tejido alrededor del casquillo del arpón; el asta fue entonces introducida a golpes con fuerza en el casquillo; desde el extremo inferior, el cabo corría a lo largo de la mitad de la longitud del asta, y quedó firmemente sujeto de este modo con entrelazados de bramante. Hecho esto, asta, hierro y cabo —como las Tres Parcas— permanecieron inseparables, y Ahab se alejó malhumorado con el arma; el sonido de su pierna de marfil y el sonido del asta de nogal resonando huecos a lo largo de cada tablón. Mas antes de entrar en su camarote, se oyó un sonido leve, antinatural, medio burlón y, sin embargo, de lo más piadoso. ¡Oh, Pip! Tu risa desdichada, tu mirada ociosa pero inquieta; ¡todas tus extrañas payasadas fundidas no sin sentido con la negra tragedia de la melancólica nave, burlándose de ella!