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XLII. La blancura de la ballena

Pues Lima se ha puesto el velo blanco; y hay un horror más elevado en esta blancura de su aflicción. Tan antigua como Pizarro, esta blancura mantiene sus ruinas eternamente nuevas; no tolera la alegre verdura de la descomposición total; extiende sobre sus murallas rotas la rígida palidez de una apoplejía que fija sus propias distorsiones.

Sé que, para el común de las mentes, no se confiesa que este fenómeno de la blancura sea el agente principal en exagerar el terror de objetos por lo demás terribles; ni hay tampoco, para la mente carente de imaginación, terror alguno en aquellas apariencias cuya pavorosa gravedad para otra mente consiste casi únicamente en este único fenómeno, especialmente cuando se manifiesta bajo cualquier forma que se acerque siquiera un poco a la mudez o a la universalidad.

Lo que quiero decir con estas dos afirmaciones tal vez pueda aclararse, respectivamente, mediante los siguientes ejemplos.

Primero: El marino que, al acercarse a las costas de tierras extranjeras, si de noche oye el estruendo de los rompientes, se pone alerta y siente justo la trepidación necesaria para agudizar todas sus facultades; pero en circunstancias exactamente iguales, que lo llamen de su hamaca para ver su barco navegando a través de un mar nocturno de una blancura lechosa —como si desde cabos circundantes bancos de osos blancos peinados nadaran a su alrededor—, entonces siente un terror silencioso y supersticioso; el fantasma embozado de las aguas blanqueadas le resulta tan horrible

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