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CXV

los mismos mares, numerosos otros barcos se habían tirado meses enteros sin pescar un solo cetáceo. No solo se habían regalado los barriles de carne de res y de pan para hacer sitio al esperma, infinitamente más valioso, sino que se habían cambiado por otros barriles suplementarios con los barcos con los que se había cruzado; y estos estaban arrumados por la cubierta y en los camarotes del capitán y de los oficiales. Hasta la propia mesa del sollado había sido hecha leña, y los oficiales del comedor comían sobre la parte superior y ancha de una barrica de aceite, amarrada al suelo como pieza central. En el castillo de proa, los marineros habían calafateado y breado literalmente sus arcones, y los habían llenado; se añadía jocosamente que el cocinero le había colocado una tapa a su caldera más grande y la había llenado; que el mayordomo había taponado su cafetera de repuesto y la había llenado; que los arponeros habían puesto tapas en los cubos de sus hierros y los habían llenado; que, en efecto, todo estaba lleno de esperma, excepto los bolsillos de los pantalones del capitán, y esos se los reservaba para meter las manos dentro, como testimonio lleno de autocomplacencia de su absoluta satisfacción.

Mientras esta alegre nave de la buena suerte se abalanzaba sobre el malhumorado Pequod, el sonido bárbaro de enormes tambores brotaba de su castillo de proa; y al acercarse aún más, se divisaba a una multitud de sus hombres de pie alrededor de sus gigantescos peroles, los cuales, cubiertos con la piel de la panza, similar al pergamino, de la ballena negra, emitían un fuerte estruendo a cada golpe de las manos cerradas de la tripulación. En el alcázar, los oficiales y los arponeros bailaban con las muchachas de tono oliváceo que se habían fugado con ellos de las islas polinesias; mientras que, suspendidos en una embarcación adornada, firmemente asegurada en las alturas entre el trinquete y el mástil mayor, tres

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