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LXXII

atenderlo mientras realizábamos aquella titánica y resbaladiza escala sobre el lomo del ballena muerta. Habéis visto a los muchachos italianos de los órganos de música sujetando a un mono bailarín con una cuerda larga. Exactamente así, desde el empinado costado del barco, sostenía yo a Queequeg allá abajo en el mar, mediante lo que en la industria ballenera se denomina técnicamente una cuerda de mono, sujeta a una fuerte tira de lona ceñida alrededor de su cintura.

Era un asunto jocosamente peligroso para ambos. Pues, antes de seguir adelante, hay que decir que la soga cabuercca estaba atada por ambos extremos; atada al ancho cinto de lona de Queequeg y atada a mi estrecho cinto de cuero.

De modo que, para bien o para mal, los dos, por el momento, estábamos casados; y si el pobre Queequeg se hundía para no volver a levantarse, tanto la costumbre como el honor exigían que, en vez de cortar el cabo, este me arrastrara tras su estela.

Así pues, una ligadura siamesa alargada nos unía. Queequeg era mi propio e inseparable hermano gemelo; ni de ningún modo podía librarme de las peligrosas responsabilidades que el vínculo de cáñamo acarreaba.

Tan fuertemente y con tanta metafísica concebí entonces mi situación que, mientras observaba con atención sus movimientos, me pareció percibir claramente que mi propia individualidad se había fundido en una sociedad anónima de dos; que mi libre albedréis había recibido una herida mortal, y que el error o la desgracia de otro podían precipitar al inocente de mí en una desventura y una muerte inmerecidas. Por tanto, vi que allí había una especie de interregno de la Providencia, pues su equidad imparcial jamás habría permitido una injusticia tan flagrante. Y aun reflexionando más —mientras lo sacudía de vez en cuando de entre

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